Crítica a “Camanchaca”, la novela de Diego Zúñiga

En unos meses más también estará en México, Argentina y España.

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La próxima semana se lanza la segunda edición de este libro, y a continuación comparto –sin spoilers– mis impresiones sobre él. En parte para mostrar una de las últimas cosas que he escrito, y en parte para hacerle un poco de promoción a una novela que creo se merece toda la atención. Breve y profunda a la vez, “Camanchaca” deja al lector con un humor extraño: emocionado, pensativo, incómodo. O así me dejó a mí al menos. Y siento que se pueden esperar grandes cosas de su autor. Los dejo con el texto en el enlace “seguir leyendo”.

¿Cómo eran nuestros padres cuando no eran nuestros padres?

Antes de partir de viaje mi mamá me dio la lista de cosas que debía comprarme […] Me dijo que le exigiera a mi papá que me comprara cosas de marca, que duraran todo el año. Me recalcó eso”. Página doce. Es la primera frase en “Camanchaca” de Diego Zúñiga con la que logro identificarme. Mi abuela me decía lo mismo. A diferencia de ella yo no veía a mi padre como un simple proveedor de cosas materiales, pero le hacía caso, y durante los pocos momentos que pasaba a solas con él, esas peticiones alargaban el inevitable silencio que se producía cuando estábamos juntos.

“Camanchaca” es la historia de un estudiante universitario que viaja en auto con su padre, de Santiago a Tacna, por un problema dental. Por supuesto, el viaje es solo la excusa para tratar los daddy issues del protagonista. Y de paso enrostrarme los míos. Aunque es mucho más cómodo revivirlos durante la lectura de un libro que reconocerlos públicamente (digamos, en un blog).

Dos tramas atraviesan la novela de forma paralela. En las páginas de números pares, el narrador protagonista cuenta en pasado los días que pasó con su madre, previos al viaje hacia Perú. En las páginas impares, en tanto, el joven estudiante de periodismo relata la travesía que realiza con su padre y con la nueva familia de él. No creo que haya sido una coincidencia sino más bien un mensaje claro: el autor pretendía mostrar la imagen del padre como un extraño, como un impar, y lo hizo de la forma más literal posible.

La escritura breve y concisa de la novela me dio la sensación que nada fue dejado al azar, que cada palabra fue cuidadosamente seleccionada tras la anterior para generar un tono único, envolvente. Ese tono, o humor, o estado mental si se quiere, es una mezcla entre melancolía, seriedad y desolación. Creo que la palabra saudade se podría aplicar a este contexto con facilidad. No hay carcajadas en la novela, no hay exabruptos. En solo un momento el protagonista los espera, pero no suceden. Hay, eso sí, mucha distancia (tanto geográfica como emocional), hartas miradas de soslayo, y silencio, sobre todo, silencio.

Porque, a pesar de la aparente selección de palabras, lo importante se esconde en lo que no se cuenta: La prácticamente nula comunicación entre el padre y el hijo, y la extrema reserva de la madre, de la que se adivina un trauma, o un gran secreto al menos. Una serie de conversaciones entre ella y el protagonista lo dejan en evidencia. Y la idea del silencio se hace obvia. “Mi mamá, como siempre, en un comienzo, optó por dejar ciertos cabos sueltos, silencios, ese tipo de cosas que parecían ser parte de su vida. Creo que alguna vez lo hablamos en otra entrevista. Eso de abusar de los silencios, de no contar bien lo que tenía que contar. Ella decía que no sabía hacerlo de otra forma”.

Sin embargo, fueron esas insinuaciones las que me fascinaron como lector. Quedaba intrigado con las frases tajantes y los relatos truncados. “Mi mamá me dijo que había muchas cosas que yo no sabía”, se lee antes de la página veinte. ¿Qué mejor enganche al principio de una novela que una frase como ésta? Uno siente que es verdad, que hay más historia, y que a lo mejor ya llegará. Me hace confiar en el autor también. Aunque esas historias nunca lleguen, aunque nunca sepa esos secretos, me da la sensación de que están por ahí, que existen, que los personajes efectivamente tienen más historia, que son reales.

En ese sentido, “Camanchaca” es una investigación. Retrata la exploración del hijo en la vida anterior de sus padres; la vida previa a su llegada, a su existencia. Una investigación lenta, tímida, que busca encontrar esa identificación esquiva en las figuras paternas. ¿Cómo eran mis padres antes de ser padres? ¿Eran similares a mí? ¿Terminaré como ellos? ¿Por qué no nos podemos entender? ¿Por qué no nos podemos comunicar? Y tal vez estas preguntas despierten en algunos lectores cuestionamientos más serios e impensados: ¿Quiénes constituyen realmente mi familia? ¿Qué otros vínculos, aparte del sanguíneo, me ligan con mis padres? ¿Debo amar a mi madre y a mi padre? En esto, creo yo, radica el valor de la novela de Diego Zúñiga.

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